CUENTO DE YULE

Hace horas que es de noche y Emma mira por la ventana. Observa la oscuridad. Vive en el campo. Al caer el sol, toda la gente se refugia en sus casas. Siente el deseo de andar. Así que decide salir y adentrarse en el bosque, en el silencio. Se para y respira. No ve más que para dar su siguiente paso. No tiene miedo, está con ella misma. Su perro le acompaña.

Confía y avanza. Escucha el latido de su corazón. Una lechuza le sobrevuela y se va posando. La observa. Enma siente sus ojos, el batir de sus alas.

Los árboles están sin hojas ya. Muestran sus ramas, su alma. Se desnudaron. Solo el muérdago les viste. Enma contempla sus formas caprichosas. Y decide seguir a la lechuza, en su juego de irse relevando.

Hace frío, el viento sopla y le empuja por la espalda.  Como si la quisiera llevar algún lugar.

Camina, paso tras paso. Firme. Despacio. No es tiempo de correr.

La luna es nueva. Incluso ella se ha retirado. Y en ese deambular a ciegas de repente, tropieza con una piedra. Emma se da cuenta que hay más. Observa a la lechuza que sobrevuela el lugar en círculo. Y entonces retrocede un poco y ve que ante ella hay un laberinto. Le habían hablado tanto de él. Pero nunca lo había encontrado. Ahora sin darse cuenta, a ciegas, ha llegado. Dicen que Anhara, la bruja del pueblo lo construyó, lo escondió, para que solo lo encontraran y lo anduvieran quienes estuvieran preparados. Se emociona. Es su momento. Busca el inicio, la entrada, la puerta. Se detiene. Inspira. Escucha su latido. Y empieza.

A cada giro, se descubre. Se reencuentra. Va descalza y siente cuanto se va encontrando. Hierba. Piedrecitas. Alguna babosa. Es incierto lo que hay, pues no lo puede mirar. Pero se ve a ella. Más que nunca. Se acuerda de su abuela. De sus abrazos cálidos, sus caricias en la espalda, sus guisos de invierno. Y en cierta manera es como si la llevara a su espalda, sonriendo, alentándole para que avance. Recuerda el árbol de navidad que preparaba todos los años con su hermana. Aquellos paseos al bosque para recoger musgo con su padre y preparar el pesebre. Siente nostalgia y cariño a la vez. Mira su vida. Llena de mujeres hermosas. Su pareja de mirada atenta. Y su deseo de concebir. Y así es como llega al centro del laberinto. Pone sus manos sobre su vientre y se da las gracias por este regalo que ha recibido de la noche. Observa que hay una velita para encender. Pero antes, se sorprende a si misma sintiendo una llamita en su útero. Un pequeño latido, casi inaudible le habla. Las lágrimas ruedan por sus mejillas. Desde fuera no se percibe, no se ve. Pero ella lo sabe. Está embarazada.

Entonces se agacha. Y se siente plenamente bendecida. Enciende esa luz, agradece el regalo de la vida. Emprende el camino de regreso, sintiendo sus sueños, su fruto, consciente que solo es un inicio. Una esperanza. Llega a casa. Es ya la madrugada. No sabe cuánto tiempo estuvo fuera. Mientras se desviste para entrar en la cama, ve como despunta el alba. Se desliza entre las sábanas y se deja abrazar por su pareja. Cierra los ojos y sonríe. Justo antes de dormirse, escucha el canto de la lechuza. El invierno ha comenzado.

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